viernes, 29 de junio de 2012

El egocéntrico.

Era un hombre excitante, sublime, diferente.
un hombre que me engañaba con palabras, que me hacía sudar con caricias inventadas por su ego, por el único motivo que lo impulsaba: estrangular mi corazón.
Me decía que si fuera vanidad, me amaría más que a su reflejo (y sonreía), que transformaría el agua del mundo en miel, si yo quisiera que los tragos amargos de la vida fueran dulces (y besaba mi mano), que si pudiera olvidar todo lo aprendido en sus días, lo haría, y así tener más espacio en su cabeza para pensarme (y me miraba fijamente), que si los errores sumaran belleza, yo sería terriblemente fea (y reía), que si lo absurdo valiera dinero, el estuviera millonariamente enamorado (y me acariciaba), que el sol sólo sale porque yo abro los ojos todas las mañanas para mirarlo (y rozaba mis parpados con sus yemas). Así me enamoraba, así él se enamoraba. Hacía crecer su vanidad con palabras, me hacía caer en su juego con poesía barata ¿Y qué más da? Su sonrisa era lo que al final me hipnotizaba. Carajo, estoy enamorada.

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