lunes, 7 de noviembre de 2011

No oir, no decir.

Puede ser simple pensar en la soledad como un consuelo, o una ausencia de lo que no se quiere oir, ni decir; Pero cuando no se quiere ni oir, ni decir nada... ¿Qué queda en nuestra voz entonces? ésta se extingue presa de la confusión, ya que no sabe cuando usar su poderosa potencia para expresar cuánto lamenta el habernos dejado caer tan profundo en lo seductor de la falta de ruido, en la tranquilidad de sólo nuestros corazones latiendo, y así evitarnos el daño que la realidad nos puede causar ¿Somos cobardes acaso? Tenemos miedo de oir, tenemos pavor de decir.

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