El café por la mañana ya no tenía azúcar, pero a ti te daba igual porque de pronto todo lo veías amargo, y yo ya no leía el periódico, sólo leía tus gestos a ver si encontraba alguna buena noticia camuflada entre tus engaños.
La luz ingresaba tenue, pues tu siempre cerrabas las cortinas, no te gustaba ver con claridad, y mientras más oscuro estaba tu entorno, más cómodo te sentías. Ya no iluminabas mi mente, sólo en tu penumbra me hundías.
De la nada nuestros corazones se enfermaron de Alzheimer, y poco nos quedó de aquellos latidos cómplices, ahora cada uno andaba a su ritmo, y el arcoiris de recuerdos que teníamos perdía sus colores.
Tus besos de pronto sabían a nada, y tus promesas tenían pinta barroca, tu dulzura agarró sabor a remedio para la toz, y tus abrazos me dejaban helada por horas.
Ya no nos jugabamos nada y perdíamos todo. Así murió lo que un día llegó a estar más vivo que la música, así murió... Con un beso sabor a nada.
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