Todos tenemos secretos, nuestras vergüenzas y desvergüenzas, pecamos de conchudos o de cohibidos, y nos marcamos de diferente manera, porque llevamos etiquetas, aunque a veces lo neguemos, así como lo hizo Pedro, pero después de la tercera viene la vencida, y cuando empiezas a dudar de tus mentiras, es cuando se te cae la careta, y quieres venganza, vas sacando cara por la ilusión que te inventaste y la cual te desmoronaron, misma cortina de humo que el viento sopló, y te quedaste pidiendo "justicia" por tus sueños rotos, echándole la culpa al mundo, atrapado entre lo ficticio de la vida que te armaste para huir de tus errores, y la realidad que te golpea en los talones, los que todos sabíamos que ya tenías vendados, pero tú nunca revelaste los moretones que no habían sanado, así que te rehúsas a recibir ayuda, y crees que unos kilos demás de "mala suerte" no harán la diferencia, pero más te pesa el orgullo que ya no tiene lugar, sin embargo siempre le encuentras por allí un altar.
Nos vemos decididos a cambiar, y sólo cambiamos de color los zapatos por aparentar, sin embargo son las mismas suelas desgastadas las que reciben el piso contra la cara, indignadas, y nadie las ve quejarse sólo porque están pisadas por tremendo ego que se nos rebasa. En todo caso preferimos andar descalzos, pero si lo hacemos, nos juzgan por no traer zapatos, y volvemos a ponernos la careta de vendetta, a taparnos el rostro buscando venganza por no ser "comprendidos" pero las huelgas sólo generan más impotencia de la que ya obtuvimos, por guardarlo todo en un recinto de nuestro cerebro obstruido por tanta mierda que se acumula, al dejarnos llevar por la vida, que aunque pinta bonito, siempre resulta ser una espada de doble filo.
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